03 No hablamos.

Cada mañana corríamos dos cuadras para llegar a tiempo a la Combi VW de don Eduardo,
estacionada al fondo de un pasaje. En ella nos metíamos siete muchachos de 9 a 15 años.
Una vez todos sentados, aparecía nuestro chofer, don Eduardo, padre de tres de los siete
chicos del lote, extrovertido dentista, aficionado a la ópera y las carreras de caballos,
dando los últimos besos y caricias de esa mañana a su esposa. Con 8 hijos, iban camino a
los diez.
La Combi arrancaba ruidosa para detenerse a una cuadra del punto de partida.
Abríamos la puerta lateral a esperar que apareciera Ximena, preciosa, fragante,
impuntual, de mini falda, muy blanca cuando no rosada de frio.
Su maravilloso cuerpo se abría paso entre nosotros hasta sentarse en la última fila de
asientos.
Yo, delgado, tímido, feo, orejón, asmático, enrojecido con cada vergüenza, incapaz de
mirarla, la amaba en silencio, sin poder siquiera pensar en desearla.
Solo estaba seguro de que ella no se fijaba en mí y que nunca lo haría.
Y así cada día excepto los malditos sábado y domingo, cuando no había clases y no
pasábamos por ella, hasta el día en que ella salió del colegio.
Poco antes del día que puso fin a su desplazarse entre nosotros hasta el último asiento
de la apretada combi, dejó saber que iría a su fiesta de graduación con su novio, fornido
rubio rugbista algo mayor que ella, un tío que rezumaba seguridad, lo que los ponía, a ella
y a él, lejos de nosotros, a otro nivel, y en particular muy por encima de mi, alto,
delgadísimo, orejón, moreno, inexperto, insignificante, inseguro, pronto a enrojecer.
El día de su fiesta de graduación estaba yo en cama con una de mis habituales crisis de
asma. Vivía en 8 Norte esquina 3 Oriente, en Viña del Mar, en una pequeña mansión.
Mi padre ya se había ido de casa.
Madre, alta y delgada, en la cuarta de sus siete sucesivas personas, aún no había
aprendido a comunicarse y entregar el cariño que abrigaba sin saber manejarlo y que mas
tarde logró exteriorizar.
Yo era muchachito de incansable leer y escuchar a Chopin.
Pronto me convertiría en nadador profesional, con lo que dejaría atrás el asma que me
aquejó desde muy niño.
En cama, en el enorme dormitorio, leía cuando apareció mi madre y anunció sonriente
que una señorita venía a visitarme.
Tras ella apareció Ximena, blanco traje largo, muy maquillada, imposiblemente mas
hermosa, perfumada y elegante.
Yo no podía creer que ella estuviera en el dormitorio de mi madre, dentro de nuestra
enorme casa, a un par de cuadras de la suya, en medio de quizás qué apuros, tras correr
asustada esas cuadras de noche y vestida de fiesta, a verme a mi, el insignificante, el que
nunca se atrevió a decir cuánto la amaba.
Miré el dormitorio vacío. Solo nosotros dos. De modo que casi no cabía duda de que venía
a verme a mi, el que la miraba subir a la Combi y la respiraba con desesperación de
asmático hasta que nos bajábamos en el colegio mientras ella seguía hasta el suyo.
Se paseó por el cuarto.

Se sentía deslumbrante
Se sentó brevemente en el borde la cama.
No hablamos.
Quieta como una aparición, bellísima como salida de uno de los cuentos de hadas que
tanto me impresionaban, espléndida como un atardecer a orillas del mar, incomprensible.
Se puso de pie, evidentemente apurada, me besó fugazmente y se fue.
¿Para qué habrá venido hasta mi lecho?
¿Solo para que la viera, para que la admirara?
¿Para sentir que hacía realidad el sueño platónico de un muchacho tímido?
¿Para cerrar una etapa romántica de su pubertad?
¿Para terminar de grabar en mi mente un sueño largamente acariciado?
No imaginé que la volvería a ver algunos años después.

Los cuentos de hadas venían entonces en delgados cuadernillos maravillosamente
coloreados.
Invariablemente la princesa era bellísima como Ximena, silenciosa y dispuesta a irse con el
príncipe al menor golpe de látigo que éste le diera, perdón… maldito corrector... apenas
éste la encendiera con castos besos y le diera la seguridad de que esas tierras y palacios
que veía a su alrededor eran parte de los dominios de su padre, el rey, y que él, su único
heredero, los ponía para siempre a sus pies.
El impacto que en mí dejaron los cuentos de hadas que mis padres compraban para mi
hermana, a quien impresionaron al extremo que mas tarde se convirtió en una bruja, fue
enorme a pesar de que desde temprana edad yo leía los libros sobre diversos tópicos que
abundaban en casa. Historia, filosofía, poesía, novelas, física, biografías, novelitas de
piratas y de vaqueros, todo lo cual me hizo abrigar la certeza de que en este mundo
existían dos y solo dos tipos de mujeres: las bellísimas blancas, esbeltas, silenciosas,
sutilmente maquilladas y delicadamente olientes virginales princesas y las estruendosas
carcajeantes recargadas de pintura y fuertes fragancias mujeres de la vida y aun
jovencísimas chicas de la vida, capaces de cualquier osadía y en particular de llevarse a mi
padre de nuestro idílico hogar para brindarle una vida pletórica de fuertes emociones.
Con ese bagaje cultural me fue fácil enamorarme platónicamente de una que otra
princesa mientras mis inseguridades me impedían adentrarme en el mundo de las mujeres
de verdad, situación que sufrí durante una década hasta que la vida me fue mostrando
que podía desempeñarme con destreza incierta en este maravilloso segundo mundo y que
el primero no existía.
¿Que el primero no existía? No exactamente. Ya de cincuenta años conocí a Irisnorth,
princesa tan bella y delicada como la mas hermosa que hubiese pintado ilustrador alguno
de cuentos de hadas y me enamoré de ella para siempre. Y todavía la veo despertar a los
besos del príncipe que creo ser hasta que los espejos que gusta disponer en todas las
paredes de nuestro hogar me insultan lo contrario.
Un par de años después que desapareció del dormitorio de mi madre, Ximena se casó con
el rugbista, lo que a mi entender cerraba para siempre los sueños que todavía abrigaba de
verla caminar a mi alrededor y permitirme gozar de su notable belleza y exquisito
perfume.


Mientras en este mundo espiritual nada sucedía pues todo era imaginado, mi madre
enfrentaba los rigores que acosan a cada mujer abandonada: se vio impelida a dejar la
cuarta de sus siete sucesivas personas para buscar modo de alimentarnos y pagar la
hipoteca que nuestro sibarita riquísimo estafador padre le dejó clavada a lo Martin Lutero
a una puerta de la mansión.
Entonces cada verano mi madre arrendaba nuestra casa y nos llevaba a pasar tres meses
en algún modesto lugar. La diferencia de alquileres entre ambas viviendas le permitía
financiar los gastos de todo el año. Algunos veranos nos fuimos a San Francisco de
Limache, a casa de una tal Ligia, donde mi madre leía y hacía enormes cantidades de dulce
de leche, llamado en Chile manjar blanco.
En una de esas ocasiones, a falta de otra entretención comencé a trabajar de ayudante de
albañil en la remodelación de una antiquísima vivienda de adobe a pocas cuadras de la
casa de Ligia. Antes de comenzar a trabajar fui a comprar zapatos porque comprendí que
en ese ambiente embarrado como trinchera de la primera guerra mundial los pocos
zapatos que tenía se convertirían en reliquia.
En la plaza de San Francisco de Limache el rey era Nat King Cole. En español, su canción
“Ansiedad” nos hacía a abrigar salvajes deseos. El rock estaba a punto de subvertirlo todo.
A los 16, delgadísimo, ya de 190 cms de estatura, calzaba 46, talla que en Limache era
imposible conseguir. Creo que fue en un anticuario que encontré unos zapatos del 48,
negros, de cuero, puntiagudos, arrugados. Apenas aparecí en la obra me bautizaron “pat’e
lancha” y me instruyeron en asuntos como mearse las manos antes de empezar a trabajar
para contrarrestar los daños que causa en la piel la mezcla de cemento, agua y arena con
que teníamos que frisar las paredes una vez preparadas, y como gritar sugerentes
procacidades a las mujeres que osaban pasar por nuestra acera y otras obscenidades
mayores aunque sin esperanza a las que pasaban por la acera de enfrente de la vía
principal en que nos encontrábamos.
Fueron meses muy gratos para mi, en los que aprendí a frisar, compartí inmundas
comidas, escuché historias de rigor y tristeza de mis compañeros de trabajo y cada
atardecer caminé alrededor de la plaza del pueblo apenas soportando a Nat King Cole.

Una tarde al salir de la obra, mientras caminaba sucio y hediondo las tres cuadras hasta
casa de Ligia, en el canal mas alejado de mí se detuvo un reluciente Mercedes azul cuyo
interior no podía ver por la luz de esa hora o porque tenia los vidrios protegidos con algún
plástico de seguridad.
Instintivamente detuve mi marcha unos segundos. Luego seguí caminando. El Mercedes
me adelantó algunos metros. Cuando bajó la ventana del lado del chofer se abrió la puerta
de la Combi ahora convertida en carroza y apareció como en el mejor cuento de hadas la
princesa de mi pubertad, sin el rugbista, mientras en la acera de sus dominios trastabillaba
el príncipe “pat’e lancha” vestido de friso, barro y pintura, todo lo cual no fue obstáculo
para que la princesa reclamara su beso y me secuestrara en el más absoluto silencio en
dirección a Olmué, pueblo distante algunos kilómetros.
Ella callaba. Probablemente me olía.

Tras una larga jornada de trabajo mi olor había apagado el perfume que imperaba en el
Mercedes.
Aunque no es fácil ser vacilante mientras se maneja por caminos casi rurales, de alguna
manera ella logró mostrar su indecisión.
Después de algunas vueltas me dejó exactamente donde me había recogido.
Esta vez sí que no la veo mas, aunque a decir verdad casi no la viste, me dije
aparentemente sin pesar.
Poco rato después, ya en mi cuarto, me enteré de la inmensidad de mi pesar.
Me preguntaba cuál es tu pesar si solo deseas estar con ella, mirarla y sentir que la amas.
Y no me preguntaba sobre las intenciones de ella al recogerme en el camino, al pasearme
indecisa, al dejarme de regreso.
Tal vez me lo preguntaba, pero no quería aceptarlo para no pensar en el mañana que
probablemente no habría pero que tal vez sí habría.
Y obviamente hubo un mañana que fue de mearse las manos al llegar a obra
tempranísimo, de disparar friso a golpes de muñeca y de pasar regla hasta que cada pared
quedara como recién construida.
Y hubo varios mañana hasta que un mediodía el Mercedes se detuvo frente a la obra y
permaneció ahí mucho rato. Entonces dije al capataz que me sentía mal.
Me subí al Mercedes bajo los obscenos gritos de mis compañeros de trabajo y esta vez sin
rodeos llegamos a Olmué donde el Mercedes entró en una hermosa mansión con árboles
de palta californiana y se estacionó a orillas de una piscina.
Ella me llevó hasta un amplio baño, me pasó una bata de toalla blanca que recibí
esperando que no fuera demasiado corta. Te espero en la piscina, dijo.
Cerré la puerta y comencé a quitarme las inmundas ropas de albañil y los calcetines y
zapatos empapados.
Ella, sonriente dentro del agua, y yo parado a orillas de la piscina temiendo que la bata
fuera demasiado corta y haciendo cálculos de alta complejidad: ¿Me meto a la piscina con
bata o me la saco y quedo fuera de la piscina sin bata? ¿Me meto al agua bajando las
escaleras de la piscina o lo hago lanzándome como haría el rugbista?
Una vez que estuve dentro de la piscina ella se acercó a mí sin decir palabra.
Casi al amanecer me dejó donde Ligia.
Y así, algunas veces, hasta que me echaron del trabajo, y aún otras veces hasta que nunca
más la vi.